El partisano que todavía cree en la democracia mientras arregla un grifo

Hay un señor italiano, de unos 80 años, que cuando era joven atravesó toda Italia en moto porque le habían dicho que su hija acababa de nacer. Su mujer estaba en el norte, y él en Nápoles. La moto era de un amigo suyo, compañero de la fábrica. Para aquel entonces, ya había hecho la guerra y ya había estado condenado a muerte por el ejército italiano, en la Segunda Guerra Mundial. Por haber desertado, por haber abandonado las garras de la armada fascista, y convertirse consecuentemente en partisano.

Fue un partisano,  un guerrillero que combatía el fascismo y buscaba la libertad. Asumió la condena de pena de muerte pero la vida le dio la oportunidad de tener hijas, y nietas. Y de ver cómo Italia, Europa, se corrompe. A cambio sólo tuvo que cumplir una breve condena de labores ciudadanas y cumplir su papel de esposo, padre y abuelo. Babbo. Italo Sforza, es su nombre. Y parece sacado directamente de una película de Visconti o Bertolucci. Como su presencia, sólida y serena.

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Acaba de votar en su circunscripción de Fidenza, al Norte de Italia. Posiblemente tras arreglar cualquier cosa en casa instado por su hija o por su nieta, otras luchadoras, y después de comprar el periódico en el kiosko de debajo de su casa y que está regido por una mujer polaca. A Ítalo Sforza su cartilla de votaciones no le falta ningún sello desde que la democracia existe en Italia. Y tampoco le faltan ganas de seguir votando por la misma justicia exenta de prepotentes y soberbios miembros de la misma casta que lo mismo les da por robar que por hacer creer al pueblo que es necesaria una guerra.

Su resistencia, a su edad, es la resistencia de la esperanza. Es la serenidad de quien se dedica a hacer pasta para la pizza mientras el informativo vomita propaganda de ingobernabilidad, crisis, y destrucción masiva del euro. La pizza hay que hacerla lentamente. Y la resistencia, deprisa. Y sin pausa.

Ítalo Sforza, de vez en cuando limpia la bandera tricolor, la italiana, que pone en el balcón de cada casa a la que va. Y hace que su balcón sea una verdadera metáfora de la Italia de hoy día: una bandera rodeada de cacharros que no sirven para nada, y que hay que limpiar de vez en cuando.

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