No te atrevas a dar de comer a las palomas en Ginebra. Que te den a ti.

No tiene precio entrar con un suizo de origen polaco en Ginebra mientras los coches diplomáticos chinos provocan un embotellamiento en la sede de las Naciones Unidas. El resto de Ginebra, y de Suiza, sí tiene precio. Y muy caro.

El precio de sentirse idiota delante de tanto banco suizo y delante de tanta tienda de alto standing. Y cierto es que los suizos se quejan de la presunta mala fama del país ante la entrada de divisas extranjeras, y de ser considerado uno de los paraísos fiscales del mundo.

Mochilaza y chorrazo de agua en plena Ginebra

Mochilaza y chorrazo de agua en plena Ginebra

Pero al hacer un alto en la Vía Francígena para acercarme a Ginebra, con mi mochila pesada de cosas indispensables, no dejo de pensar en cuál de esos bancos estarán algunos de esos billetes que en alguna ocasión fueron míos gracias a interminables y mal pagadas horas de trabajo. Y billetes de valor pequeño, no vayas a pensar…

Todo eso pienso frente a la Oficina de Turismo en el Pont de la Machine, sobre el Río Rhône, en una pequeña instalación para sentarse y al que acuden a almorzar algunas de las personas que por allí trabajan. Intento sin éxito alcanzar una moneda de 25 francos suizos que se han extraviado entre maderas de la estructura. Así que inevitablemente pienso en la utilidad de las fabulosas navajas suizas tras haber visto la enorme tienda de tal o tal casa de esas herramientas. Y yo pensaba que era otra cosa cuando corto el queso o la longaniza con mi navaja de una de esas marcas suizas.

Uno de los puentes sobre el Río Rhône en Ginebra

Uno de los puentes sobre el Río Rhône en Ginebra

Y aunque la primera impresión fuera de cierto escándalo moral, quizá demasiado próximo a mis prejuicios, el pasear por la parte alta y antigua de Ginebra, me hizo reconciliar con su belleza estética e histórica. Sobre todo al ver una fabulosa y austera Catedral con la silla de Calvino incluida. O el Jardin Anglais junto al Río desde el que se divisa perfectamente el famosísimo Jet d’Eau (o chorrazo de agua) actual monumento de la ciudad de lo que fuera una muestra de la fuerza de la Sociedad Industrial de finales del Siglo XIX. O la zona próxima al Museo Internacional de la Reforma (protestante se entiende…)

Reconciliado hasta aproximarme a la estación de tren por la Rue des Alpes en la que empiezo a ver la prostitución que no he visto en ninguna calle ni lugar de Francia. Y para colmo de males, el laberinto que suponen todas las tiendas y boutiques en la entrada de la mencionada estación de tren dificultando así el acceso a las ventanillas donde comprar los billetes.

Ginebra presume de ser bella. Tanto como lo fue la idea del capitalismo. Ginebra es exagerada, tanto como los monstruos que produce el dinero. Pero sobre todo, Ginebra es ordenada, y cara. Muy cara. Menos mal que Francia está justo detrás de la montaña.

Ginebra y detrás al fondo, Francia

Ginebra y detrás al fondo, Francia

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