De pesca en la Bahía de Montecristi

Ellos son más líquidos que ninguno sobre todo desde el día en que el polvo inundó sus bocas y sus ojos impotentes de lágrimas por quienes son aire. Aquel 12 de enero de 2010 a las 16:53:09 hora local de Puerto Príncipe capital de Haití. Como un zapato que pisa la orilla del río, unas gotas desaparecen, las otras se dispersan por toda la Hispaniola porque más no pueden. No les dejan. Pero corren líquidas hacia donde haya la suficiente humedad para sobrevivir. En este caso, hacia el Norte del país, Croix-des-Bouquets, Mirebalais, por la 3, Cange, Hinche hasta Fort Liberté para ver de nuevo el Mar. El Atlántico, donde les darán un moro y café para comer y repostar fuerzas porque el camino ha sido largo. La huida siempre se hace más larga. Pero aún les queda el cruce por Dajabón burlando al ejército dominicano que ha blindado las fronteras por la avalancha de haitianos que tratan de mojar su territorio, y ordenando las fuerzas de ayuda que por el Norte de la isla tratan de llegar a Puerto Príncipe. Ellos se deciden por el mar, a nado sin saber nadar. Y llorar cuando ven el dominicano Morro de Montecristi atravesando Los Icacos. Y pescar. Porque ahora pensarán en que sólo con lo puesto, cenarán tal vez lambí o tal vez cotorra pescada en la Bahía de Montecristi y charlando sobre la hora en que les llegue poder ir a trabajar a una torre en Santo Domingo. Eso sí que es un viaje peligroso, el de los emigrantes.

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